• Tomás Schuliaquer

76 EN 2022

LA REEDICIÓN DEL INCONSEGUIBLE: 76, FÉLIX BRUZZONE


Random House reeditó 76 después de ocho de años de la última tirada del título en la editorial Momofuku: desde 2014 conseguir el libro de cuentos de Bruzzone pareceía ser misión imposible. La llegada de 76 al grupo editorial cambia su esquema de circulación, claro, pero Tomás Schuliaquer entrevistó a Félix Bruzzone e indagó un poco más allá: ¿La circulación cambia a la lectura?


Foto sacada por Tomás el día de la entrevista.

Félix Bruzzone es uno de los autores argentinos más importantes del siglo XXI aunque nació en el XX. Es un poco raro eso: podríamos decir que es porque solo nos importa su obra y sus primeros libros se publicaron en 2008, pero en realidad también nos interesan bastante las personas, de hecho de ahí surge la decisión de entrevistarlas. La generación de Bruzzone hizo mucho para que nos importen lxs autorxs y sus biografías. Su primer libro se llama 76, un número trascendental en la vida de Bruzzone, ese año nació y desaparecieron a sus padres. Random House acaba de reeditar 76, que estaba agotado, y por eso nos juntamos a charlar.


Creo que está bien contar algo sobre mí: me llamo Tomás Schuliaquer, nací en 1990 y Bruzzone es mi maestro de escritura. Juntarme con él en formato entrevista es un desafío: ¿Cómo generar clima? ¿Me tomará en serio? ¿Se toma en serio a sí mismo? ¿Importa que me tome en serio? ¿Qué es lo que importa? ¿Vamos a hablar de literatura o va a ser una charla medio falopa con chistes que nos van a hacer reír pero no va a tener sentido después transcribir? A Bruzzone lo conocí hace casi quince años, cuando me interesé por hacer taller de escritura: mi hermano Iván me contó que había entrevistado a un escritor que trabajaba de piletero, y le pareció un tipo simple y muy copado. A Iván también, entonces, le interesan las personas. Me acabo de dar cuenta de algo que quizás ustedes descubrieron antes que yo: esta es la segunda entrevista de un Schuliaquer a Bruzzone. Ahora pienso que tal vez en unos años mi otro hermano, Martín, también lo entreviste. Puede ser por alguna de las nuevas películas que haga, un libro o una obra de teatro. Sería lindo.


Ya está, demasiada data de mi familia. Mejor contar que Cabezón Cámara, otra de las grandes de este siglo, asegura que 76 es un libro que irrumpió para inaugurar una nueva tradición. Es fuerte decir algo así, es una afirmación intensa de una autora que cuida muy bien las palabras que usa. Hay algo que debe haber pasado con la publicación original de 76 en 2008 que es difícil reconstruir y que efectivamente generó un impacto: ese mismo año, Bruzzone publicó también su primera novela, Los topos. Es decir, un joven que leía en ciclos de literatura medio under y era amigo de varixs autorxs del ámbito literario e incluso había co-fundado Tamarisco, la primera editorial de 76, publica sus dos primeros libros a los 31 años —los que tengo yo hoyy esas publicaciones transforman, al menos un poco, la escena literaria argentina: transforman la manera en que la literatura puede o nohacer ficción sobre los setenta. Es la generación de lxs hijxs que irrumpe para cuestionar su lugar establecido en la historia, y también se atreve ahora a repensar su propia característica de hijxs: muchos de ellxs nacieron en cautiverio o fueron incluso secuestrados con sus propios padres, o vivieron el exilio; es decir, en lugar de hijxs, ¿no son ellxs mismxs víctimas infantiles de la dictadura? 76 y Los topos son libros imprescindibles para una generación que construye de manera colectiva su propio camino y su propia identidad más allá de los mandatos de la militancia setentista (hay una exposición muy interesante al respecto en la Biblioteca Nacional, no se la pierdan).


76, hasta esta reedición, se caracterizó por ser un libro difícil de conseguir. Estuvo agotado durante largos años: me acuerdo que yo había leído Los topos y Barrefondo pero no tenía forma de conseguir 76. Hasta que en 2014 la editorial Momofuku, con el agregado de dos cuentos, decidió reeditarlo. Pero otra vez se agotó rápido. Entonces, desde hace ya cinco o seis años, 76 es difícil de conseguir. Es decir, un libro de culto, de poca circulación, que inauguró una tradición y que, a diferencia de Los topos, no muchos pudieron leer. Hoy, con esta reedición, la identidad de 76 podría cambiar para siempre. Random House, un pulpo editorial, se va a encargar de que 76 esté en casi todas las librerías del país. La forma de acceder a los relatos va a ser otra y eso también va a modificarlos. ¿Ahora que lo tenemos a mano, lo vamos a buscar? ¿La abundancia de ejemplares va a atentar contra la potencia literaria del libro? ¿Va a dejar de ser un libro de culto? ¿Qué les va a pasar a los nuevos lectores?


El ejemplar de 76 que pertenece a Cachengue.

En realidad esas preguntas son irrelevantes y por eso no se las hice a Bruzzone. La charla, distendida, con mate y facturas que él no comió, duró el tiempo de un lavado del lavarropas. Cuando llegué me dijo que había arrancado el lavado. El ruido ni lo escuché ese día. Pero al desgrabar la entrevista me sorprendí: ahí estaba, fuerte, firme, constante, el ruido del lavarropas, como cuando mandamos un audio de wasap en la calle con viento y ni nos damos cuenta que no se escucha nada. Pero la verdad es que la entrevista por suerte se escucha bastante bien. Fue algo así:


¿Cómo fue la decisión de reeditar 76?

Es mi primer libro y siempre me gustó que estuviera en circulación, pero a la vez nunca tuvo una circulación demasiado amplia. La primera edición con Tamarisco fue de 500 ejemplares, alguna vez imprimimos unos libros más, pero pocos, y después la editorial cerró. La reedición de verdad fue seis años después con Momofoku en 2014, ahí fue una idea que tuvimos con Hernán Vanoli, director de la editorial, y le sumamos dos cuentos. Como Momofoku tampoco está trabajando ahora, le propuse a Random House si les parecía reeditar ese libro y me dijeron que sí: entonces lo hicimos.


¿Habías releído 76?

Desde 2014 que no.


¿Con qué te encontraste?

Es un primer libro, y son interesantes los primeros libros. En mi caso, creo que para el que quiera conocer un poco de donde viene mi escritura y eso, hay mucho que ya estaba ahí. Me sorprendió encontrarme un montón de cosas de las que me interesan, mucho de lo que hago está en ese libro, medio sin darme cuenta o inconscientemente pero muchas cosas ya estaban ahí. Es el germen de bastantes cosas que hice después.


¿Cómo cuáles?

Formas de la narración, por ejemplo, la elección de narrar sin subrayar cosas ni bajar línea sobre estos temas. Después, esto que suelo hacer de agarrar un personaje y seguirlo pero después abandonarlo y volver o no volver sobre él. Visto a la distancia es raro, porque los cuentos en realidad suelen ser narrar una cosa, un hecho, o hacer algo más cerrado. Hay algunos cuentos que son así, “En una casa en la playa”, “Unimog”, pero después hay otros, la mayoría, en los que el cuento sigue personajes que después no vuelven a aparecer. Más al estilo de Martín Rejtman. En otros cuentos, como “Lo que cabe en un vaso de papel”, hay una relación entre dos personajes que parece central pero cuando lo releía, como lector, me salió pensar: qué carajo me estás contando. Es como que los cuentos en sí son bastante libres, con un espíritu más suelto, que creo que en la conjunción de relatos y del libro, cobran una fuerza mayor.

También hay una tensión que después se sostuvo en el resto de mi obra: esas ganas de hacer un cuento consistente y tradicional, y al mismo tiempo, una historia, una forma, un recorrido del personaje, que se escapa de ese ímpetu inicial. Yo quería hacer cuentos como los que hace Samanta Schweblin, pero nunca me salieron.


¿Qué relación tenés, hoy, con 76?

Ahora que lo releí lo siento más cercano de lo que imaginaba. Hay cosas que probablemente no volvería a escribir, o que las problematizaría un poco más, sobre todo cuestiones de género. Porque en los cuentos yo traducía los conflictos de los personajes, que muchas veces tenían que ver con su pasado, en el presente de la acción y de los vínculos, a veces con comentarios misóginos. Hoy el conflicto del pasado sería el mismo, pero creo que lo traduciría al presente de otra manera. Me cuesta más pensar personajes así, porque en definitiva sus conductas misóginas se convertirían en el conflicto central del relato. Por eso supongo que usaría otros elementos, aunque de todas formas hay algo llamativo en la traducción del conflicto así como está en 76: hoy las reacciones de los personajes resultan más violentas y chocantes que hace catorce años. Los arranques o descargas de los personajes, que a veces iban por esa línea misógina, hoy se leen con mucha más violencia que cuando los escribí: eso me parece interesante para reencontrarse con el texto.


¿Cómo caracterizarías la deriva de los personajes de 76?

Diría que los protagonistas de mis relatos suelen pensar, sobre todo hacia el final, que están bien, que superaron algún problema y se sienten contentos. Pero no están tan bien. Igual al mismo tiempo un poco bien están, o sea, ellos sienten que están bien, con lo cual significa que están bien… para ellos. Los relatos de 76 generan una distancia en la que el lector nunca empatiza del todo con sus personajes. Los personajes, para sí mismos, terminan bien, aunque el lector durante el relato mantiene cierta distancia y desconfianza de ellos, y por eso puede tener una lectura distinta a la de los personajes mismos. Eso es algo que se mantuvo en toda mi obra, y que también está muy presente en la de Rejtman. Porque mis personajes siempre están un poco paranoicos y eso genera una sospecha permanente, creo que ahí está el artificio un poco. Pero en ese momento no tenía tan claro el uso de la paranoia, del “no sé”. Y ahora que lo releí está muy presente, y después siguió en todo lo que escribí.


¿Algún cuento en particular te llamó la atención en la relectura?

Me sorprendí mucho con la lectura de “2073”, no lo recordaba así. Tiene un tono críptico, distinto al de la mayoría de los cuentos. Es lógico, es el futuro. Es más lisérgico también: en un momento los personajes están dentro ya de una especie de realidad virtual y caminan por un campo lleno de choclos, van medio perdidos y encuentran un grano de un choclo, es una especie de aleph de los choclos, y en ese grano ven otra realidad y empiezan a participar ahí adentro de esa otra realidad que es, en efecto, volver a tomar el Batallón 141 de Córdoba, como sucedió en 1973 aunque cien años más tarde, y aparece el padre y qué sé yo, pero es una realidad virtual dentro de otra, a través de un grano de choclo. Eso no era esperable que suceda, es una especie muy lisérgica de relato. Entonces hay como una virtualidad de los hechos porque lo que pasa ahí adentro son los hechos, la toma del Batallón, que bueno, me parece que por ahí pasaba el sentido: cómo nos llega esa experiencia, en distintas capas, y que no deja de ser una experiencia también nuestra, no es que solo la ves en la tele o la leés en los libros, sino que medio la vivís también. Y eso la verdad me sorprendió, porque no me acordaba que el cuento era así.



¿Hiciste algún cambio en el libro?

No, no. Está igual.


¿Ningún cambio?

Nada.


¿Está igual?

Igual, igual. Alguna coma, o alguna boludez así. Pero igual.


Si en su momento significó una ruptura en la forma de narrar y pensar los setenta, ¿Qué te parece que aporta la reedición de 76 en el contexto actual?

No sé qué aporta ahora. Pero creo que son esos libros que se reeditan y vos decís ah, mirá, esto ya se hizo hace un montón, ya estaba ahí. No sé. A mí me interesa que no es algo cerrado, es un libro bastante abierto en un punto, en cuanto al género literario, por ejemplo, son cuentos que no son tan cuentos, algunos parecen más novelas, otros son casi un capítulo de una novela de Puig; es ecléctico pero en cierta manera es un libro que aspiraba a ser bastante homogéneo. Hay dos fuerzas ahí metidas al mismo tiempo. Si fuera un libro cerrado, uno diría ah, está cerrado. SI fuera abierto uno podría decir ah, es re abierto. Y acá medio que ni una ni la otra, y eso lo mantiene bastante vivo. Hay hoy algo más de tender, en general, a cerrar los textos, o tender a abrir. Una de las dos. Por eso también me interesó leer la reedición de una novela que se publicó en esa época, ¿Qué hacer? de Pablo Katchdajian. Al principio parece una novela que va a ser cerrada, pero después abre más y más y podría no terminar nunca, hasta que en un momento el libro tiene una conclusión sobre todo lo que viene haciendo. Y vos como lector te quedás medio shockeado. Pero obvio que es un cierre intencional, que el libro quiso ser así, como una forma de cuestionarse por qué tiene ser abierto, ¿hay motivos del texto que lo justifiquen o es nada más porque somos modernos y estamos en el siglo XXI? Cerrémoslo y veamos qué pasa. Es un gesto interesante, porque en realidad tiene un montón de elementos que no cierran, y se pueden concluir cosas opuestas a las que el libro decide concluir. Eso me pareció buenísimo y creo que es el motivo que justifica la reedición, porque muestra cómo es posible hoy desentenderse de los mandatos más estructurales, que los personajes son de una forma, que los textos tienen que ser o cerrados o abiertos… Es más complejo que eso. Y creo que 76 en parte también va en esa línea.



Suena el timbre y Bruzzone no tiene idea quién es. Dice: no tengo idea quién es, no esperaba a nadie. Atiende y se acuerda que le traían un sillón. Me pide que espere. Esos cinco o diez minutos que él recibe el sillón, sigo grabando. Y entonces, mientras escucho la entrevista para escribir esta nota, con el lavarropas siempre de fondo, aparecen ruidos míos: apoyo el termo y después sorbo la bombilla, subrayo cosas en un anotador, me acomodo en la silla, arrastro la mesa, otra vez el termo y la bombilla. Entiendo que me cuesta quedarme quieto y me alegro que nunca nadie va a escuchar el audio de esta entrevista. De hecho decido: cuando se publique la nota, borro el audio. Bruzzone vuelve y pasa antes por el lavarropas: me avisa que quedan cinco minutos. Entonces le hago el último par de preguntas, todo es más vertiginoso.



Se estrenó en Berlín la película Camuflaje de Jonathan Perel, vos sos parte central de ese proyecto y hasta incluso protagonista de la película: ¿Qué nos podés contar de eso?


La película es como una precuela de la novela, dirigida por Jony Perel. Es como si estuviésemos haciendo la investigación para la novela, pero bueno, en realidad se hizo después que la novela. Entonces hay algo ahí entre la cronología de la vida y la obra que es distinta. Pero es parte de un mismo impulso: contar Campo de Mayo de distintas maneras. Cuando uno ve la película, se pregunta si las cosas existen, si los personajes son ficcionales. Lo único sobre lo que no quedan dudas es que el personaje que soy yo existe, que el corredor existe, aunque nunca haya sido efectivamente un corredor. Es una película documental, que juega con los límites entre realidad y ficción, con merodear esos límites, las dudas. Y hay una pregunta sobre qué es en definitiva lo documental. Eso también está en los cuentos de 76 y todo lo que escribo. Yo pienso que lo que nos pasa, desde lo más chiquito, puede ser contado y llegar a otros y eso es algo que me interesa mucho y que en el cine se logra con más contundencia.



Para cerrar, ¿algún autor que hayas leído últimamente y recomiendes?

William Saroyan. Leí un diario de su hijo, que se llama Últimos ritos, y me hizo volver a conectar con su padre. Sus cuentos están buenísimos, y ahora leí una serie de ensayos que me interpelan mucho porque es un autor que trabajó con su biografía y con la época. Su heredero vendría a ser Kurt Vonnegut. Cuenta cosas que no se entiende si son reales o no, hay una especie de crítica social en sus textos pero atravesada por la subjetividad de los personajes. Entonces no se termina de entender bien. Era un tipo muy popular en su momento, un poco el Anti-Hemingway. Hemingway ganó por afano, pero a mí me gusta más Saroyan.



En el momento en que Bruzzone dice por última vez la palabra Saroyan, termina el ruido del lavarropas. Después me pregunta si ya está y yo le digo que sí. Me cuenta que tiene que hacer un trámite porque en unos días viaja a París: Camuflaje se proyecta en un festival de documentales en el Pompidou, uno de los museos más importantes de Europa. En el medio de estos viajes impensados por una película que indaga sobre Campo de Mayo, se reeditó 76, el primer libro y el único de cuentos de un artista que tiene una obra, todavía en construcción, que merodea las vías posibles para pensar nuestro presente vinculado, de una u otra forma, a los setenta. Como dice Bruzzone, y en su literatura y su biografía es muy notorio -la persona, a nosotros, nos importa mucho-, no es lo que les pasó a otros en el pasado: es lo que nos pasa, hoy, con todo eso que es difícil nombrar pero que en 76 encuentra formas sinceras, irónicas y creativas de intentarlo.