• Bettina Mugnaini

DANZA NEGRA

Bettina Mugnaini


Fotografía: Sofía Barragan

Pedro camina por las noches. Cuando tiene la certeza de que el sol por fin ha desistido, sale hacia la playa y se pierde hasta que el horizonte aclara. Regresa despacio, sin despegar la vista de la arena. No presta atención a la forma en que sus pies se hunden, tampoco a las burbujas que aplasta sin remordimiento, se concentra en el comportamiento del sol. No lo mira, simula indiferencia para que se empecine más y más, a cada paso, en cada parte de su cuerpo. No quiere ese roce tibio, quiere que le incendie la espalda, que se detenga en los hombros, que se alimente con los restos del agua salobre que sobrevive en su piel. Entra, cierra puertas y ventanas y duerme, para poder soñar con el mar, con la arena, con ese sol que no miró.

Algunas horas más tarde Pedro va a tomar un baño tibio, que comenzará caliente, preparará un café cargado, comerá alguna fruta. Se sentará en el sillón, echará la cabeza hacia atrás, cerrará los ojos y deslizará las manos por el tapizado de terciopelo, cuyo color -creerá recordar- es verde oscuro. Constatará que es azul, como los ojos del protagonista de su novela que, notará, tiene un dejo crepuscular en la mirada. Se va a rendir, pensará Pedro, Gabriel se va a rendir. Observará que lleva la voz a destiempo y que ha comenzado a caminar lento, con una leve inclinación hacia adelante, como intentando salirse de la escena. Tendrá que escribir ese final.

Pero antes, durante ese paréntesis temporal que transcurrió entre el despertar y la ducha, Pedro pensó en el mar. Sonrió, negó con la cabeza, se revolvió el pelo, se preguntó por qué tardó tanto en instalarse en la costa. No había nada que no conociera de esa bahía y el refugio que, años atrás, había descubierto, le resultaba más que suficiente, a la hora de la alta madrugada. Nadar y caminar; engañar a las olas, correr, dejarse atrapar; ahogarse en el misterio de la oscuridad; ofrecer sus lágrimas –todas, las que derramó a cuenta, las tardías, las pendientes, las antiguas, las vírgenes-; habitar el lenguaje corporal, deshabitar la palabra; abrir los ojos e imaginar un desplazamiento, dulce, lento, entre las fluorescencias y el silencio de ese cielo líquido.

Ahora que ya lo sabe, que ya acusó el impacto de esa mirada de renuncia, no se va a preguntar el por qué. Asume el abandono de Gabriel. Después de todo, él lo concibió caprichoso, indiferente y, con el correr de los meses, pudo notar que marcaba el ritmo y la dirección de la historia. Gabriel no solo lo había convertido en su rehén, estaba tratando de deshacerse de él.

Pedro descongela gírgolas, para un almuerzo ligero. Se sirve una copa de vino. Abre, sin pensar, las ventanas. El sol aprovecha para escabullirse con su entramado de reflejos. Cierra los ojos, pero como asume que el aire salitroso lo reconforta, solo corre a tientas las cortinas. El mar es más sabio que el sol –se dice-, se deja indagar y, al mismo tiempo, desafía. Receptivo y repulsivo, le recuerda la sensación que tiene cada vez que viaja en un tren de alta velocidad. El futuro –piensa- se estrella en nuestros ojos y en milésimas de segundos se vuelve un ayer que regresará en forma de recuerdos. Nada de lo que llegue será parecido a lo que imaginamos y nada de lo que regrese será semejante a lo que vimos. En ese suceder, todo se nos escurre entre las manos, nos abandona, fugaz. A veces sirve dejar de mirar de frente. Aunque se corre el riesgo de perder el equilibrio, por unos instantes se tiene la impresión de soltar, de ser uno el que deja ir, de volverse liviano.

Pedro retomará la escritura en la habitación que Gabriel abandonó, en medio de la noche. La partitura inconclusa era su gran apuesta. Tenía planeado terminarla con esos tres tonos sostenidos que surgieron durante la caminata de regreso, cuando evitaba el sol. Hasta la noche anterior, todavía era capaz de creer en Gabriel, las lenguas del pasado parecían estar en retirada y sentía que el personaje podía componer cada vez mejor. Sin embargo, se va. Pedro siente la impotencia de no poder salvar su propia creación. Tiene que ponerse a pensar en el vuelco que ha sufrido la historia; en la reacción de Lega; en el futuro de ella. Debe asumir que, hasta ahora, ha negado el deseo de Gabriel, de dejarlo todo.

Han anunciado lluvia. El teléfono se cansó de sonar y él de no atender, lo apaga. Prepara té. Ya redactó la carta donde Gabriel cede los derechos de la obra, salvo la sonata inacabada, que le reserva a Lega. Para la escena final lo quiere ubicar de espaldas, parado al pie de un acantilado. Lleva los pies descalzos y el pelo suelto. La camisa y el pantalón están adheridos al cuerpo porque acaba de salir del agua. Se lo va a notar en paz. El viento se lleva algunas lágrimas para que se evaporen en las manos de Lega. Va a sonreír. No sabrá que ella lo observa, retirada. Sin mirar hacia atrás, empezará a caminar, pero la tierra va a dejar de registrar sus pasos.

Se ha puesto frío. Pedro se acuesta en el diván que está debajo de la ventana. Tiene tomados los pulmones y se siente afiebrado. La noche está tan clara que parece empeñada en ser real. Pedro sueña. Se adentra en el mar, supera las barreras del oleaje hasta alcanzar un valle, descansa, toma impulso y enfrenta la variable ondulante, antojadiza. Moldea con el cuerpo una figura efímera y luego otra y otra. Las hace girar, lento, como un ángel en caída y resistirse con un gesto inesperado. Las deja escapar, las retiene. Las desnuda con los pies, las diluye, las acuna en sus brazos. Cuando se cansa, las lleva hasta la costa, las reconstruye en la arena. Las nombra según los restos que sobreviven a esas formas sin forma: mujer mitad; hombre sin rodillas; hombre pecho; mujer ombligo; hombre labio. Las devuelve al mar.

Son las cinco de la mañana y ahora soy yo la que se detiene a pensar qué hacer con Pedro, porque la estadía en la playa terminó. He resumido mucho. A decir verdad, Pedro ha pasado varios meses con el mismo ejercicio: caminar la noche, visitar el mar, armar y desarmar sus personajes en esa danza negra, moldear palabras como imágenes, con las manos libres. Pedro viajó hasta allí para ver si podía dar un nuevo impulso a la vida de Gabriel, pero no pudo. Creo que el nombre que usé no era el indicado, no tiene de por sí el ímpetu que hubiera permitido darle otra impronta a la novela. Lo admito como uno de mis primeros errores. No logré enamorarlo. Un músico, pero, antes que nada, un poeta, es por sobre todas las cosas, insurrecto. Desligo de toda responsabilidad a Pedro, yo no pude con Andrés.

Por el momento, creo que una semana después, instalado en la ciudad, Pedro empezará el próximo capítulo: Lega ya no se pregunta dónde estará Gabriel. Es la primera vez que, sin darse cuenta, no espera. Está sentada en una mesa, ubicada contra el ventanal que da al rosedal de una librería que acaban de inaugurar. Saca de la mochila la libreta de viaje, la abre con mucho cuidado para no tener que leer la última página que garabateó en la casa del mar. Escribe: la única diferencia que registro en mi vida, desde que Gabriel se fue, es que ya no vivo con la expectativa de volver a verlo. Hasta la melodía que se escucha de fondo se siente despojada de nostalgia. Respira, aliviada. Cierra el cuaderno. Cierra los ojos. Abre, al azar, el libro de poesía de Roberto Bolaño que hace días concita toda su atención. El poema está marcado con una foto que contiene las figuras de arena, pero ella no la ve. Lee y copia en la libreta el siguiente verso: “a veces el misterio cae en nuestros sueños como un pájaro en el regazo de una niña”.

Un poema choca contra el vidrio del ventanal. Algunas letras caen, en cámara lenta, otras

re

bo

tan

como gotas de lluvia en la tierra, en la hierba, o se mimetizan con los rosales y cuando Lega las busca (porque ella ha saltado de la silla, ha corrido hacia afuera), ya no las encuentra. Unos perros, que se han vuelto invisibles, logran ingresar al rosedal y hociquean pétalos y relamen pastos y escarban la tierra. Con lo reunido recrean el poema que, esta vez, Lega levanta cuidadosamente y distribuye, con exquisita delicadeza, casi con cierto movimiento rítmico en sus manos, en el dorso de la foto que sigue sin mirar. El poema se llama ondulaciones nocturnas. Pedro, todavía no sabe qué dice, pero intuye que habla del incendio de un sueño, a la noche, en el mar.