• Caterina Calcagno y Florentina Gajate

EL EDÉN DE HORMIGÓN

Creo que fue ahí mismo que entendí algo de la urgencia,

de la invitación y del deseo, algo de correr al sol frente al vacío,

algo del riesgo mortal para lograr estar vivo.


“La ilusión de los mamíferos”, Julián López.


Ilustración: Florentina Gajate

I


Milagros vive en un monoambiente idóneamente iluminado con luz natural. Una generosa puerta balcón da al frente de una calle que no recuerdo el número, porque es eso, un número, pero bastante céntrica, cerca de la Plaza Italia. En el contrafrente, más cerca de la cocina, una ventana un poco más modesta da al patio del edificio, digo un poco porque por esa ventana podrías verte implicado en caso de que se desate un tornado, y podrías fotografiar la medianera, arrastrando medio cuerpo por el marco, cuando empieza a atardecer y la luz en chanfle refleja sobre ella. A veces rosa, a veces amarilla.

El patio es hermoso, el jardín del Edén materializado tercermundisticamente: la medianera izquierda cubierta por una enredadera que en este momento, por la estación del año, oscila entre el amarillo y el marrón con un poco apenas de verde y espacios donde se cayeron tantas hojas que se vuelve a ver el hormigón. En el centro, plantas contenidas en canteros de cemento que se empaparon de su verdín y empiezan a camuflarse con ellas, son una invitación a sentarse si logras zafar del impacto que supone la irrupción de una escalera. La escalera, a diferencia de los canteros, promete un recorrido y punto final; es también de hormigón con barandas de hierro negro que hace juego con el adoquinado oscuro. Gira dos veces antes de depositarte en el pasillo que abre paso a la puerta de los departamentos del piso, el único si exceptuamos la planta baja. Estar parado en ese punto te da la posibilidad de contemplar el patio entero, hasta podes distinguir cada especie de la flora que lo habita; podes, si estiras un poco el cuello y te pones en puntas de pie, tener una vista más o menos panorámica de la cuadra. A pesar de ser el epicentro de la provincia más poblada del país, La Plata se mantiene baja, como si fuera un barrio más del sur de la capital, ajena a la extrema edificación y a la ferocidad de los desmontes conserva un FOS bajísimo.


Al llegar a la puerta del departamento te vas a ver en una encrucijada antes de golpear, los departamentos por alguna razón ajena a los inquilinos, no están enumerados. Supongo que porque son dos, los dueños pensaron que con que decir el-de-la-derecha o el-de-la-izquierda iba a ser suficiente para ubicar al visitante, pero lo que no contemplaron los dueños es que la derecha y la izquierda son relativas, ¿la derecha de quién? ¿la izquierda si miro desde dónde? O sea, indefectiblemente contás con un cincuenta por ciento de posibilidad de equivocarte. Si tenés suerte, te abrió la puerta la persona correcta porque te estaba esperando o porque usaste bien el porcentaje a favor; si no, calmá la rodilla que flexionás y estirás levemente pero a una velocidad desconcertante, en el peor de los casos vas a tener que volver a tocar una puerta, la única que queda, la de enfrente. Y en el mejor, te recibe un gatito bebé peludo y ronroneante.


II


Me abre la puerta Milagros, finalmente, después de la fatiga por la incertidumbre, del histeriqueo con el error. Qué lindo le digo. Qué. Ella habla corto pero con tono amable. Qué linda tenés tu casa, me encanta. Ah, viste, gracias, le estoy poniendo bastante amor y dinero. Milagros dice dinero. Se nota. Me saco las zapatillas que me quedan medio apretadas pero me parecen tan cancheras que igual me las pongo; no es necesario que le pida permiso para hacerlo -ese pedido de permiso por cortesía que pedimos antes de sacarnos el calzado en una casa en la que no tenemos mucha confianza, ¿acaso podríamos recibir un no como respuesta?-. Hacete unos mates. Obvio. Tenés algo para comer ¿no? Vivís cocinando. Obvio. Tarada. Nos reímos apenas y salgo al balcón que empieza justo donde termina la cama, la misma cama en la que un rato después posiblemente duerma una siesta. Me quedo parada en los rieles de la abertura con el torso apoyado en el marco, que es verde y se mezcla un poco con el pasto sintético que tiene el piso del balcón que miro con un poco de desconfianza. Vacilo y apoyo un pie afuera. Está helado, me encanta. Milagros se va a bañar y me deja el mate preparado para que yo me sirva sola. Hacé lo que quieras, como si fuera tu casa, en un rato vuelvo. Voy a buscar el mate y me siento en los silloncitos del balcón, pienso que son muy cómodos, que sentada acá no me afecta el viento y tiro la espalda para atrás, me recuesto sobre los cables que forman el tejido del asiento; rápido, como en un movimiento de karate, me enderezo y me cebo un mate porque el frío me empieza a trepar por los tobillos, por ese umbral mínimo que queda entre el fin de la media y el principio del pantalón. La abrupta incorporación me marea; tengo vértigo, me tengo que acordar de eso, siempre la termino pasando como el orto. Tomo el mate y quedo tildada mirando para abajo, que no es tan bajo porque yo no estoy tan alto en realidad, y miro a la gente que camina, con el tranco apaciguado y los brazos en jarra entrecruzados, guardando su mano en el bolsillo ajeno que ahora es propio. Novios, amigas, madre e hijo, ningún vínculo esquiva esta práctica, todos parecen coincidir en que el bolsillo ajeno es más reconfortante. Me sirvo el segundo mate en soledad, sonrío, y por miedo a que me vean (¿quién?) y un poco de curiosidad, giro sobre mi propio eje y quedo de espaldas a la calle mirando para adentro. Los vidrios de la puerta balcón están tan limpios que se refleja el exterior en la hoja que tengo cerrada, puedo ver a la gente que pasa toda acurrucada, la que entra al banco que tiene la cara de Iván de Pineda ploteada en un costado -justo frente a la casa de Milagros- las adolescentes que paran a sacarse una selfie con el ploteo de Iván, los perros que pasean solos y llegan a la esquina para encontrarse con otros perros que pasean solos y me dan ganas de tocar algún animalito. Desde afuera le grito a la dueña de casa, muy suave, esperando que no escuche, si alguien en este edificio no tendrá un gato para prestarme un ratito apenas, para acariciarlo y sacarme las ganas; aunque lo dije todo lo bajo que un grito permite, ella me escucha y me responde que cree que el chabón de planta baja tiene uno chiquito. Fijate, me cambio en un toque y salimos ¿dale? De una. En ese ínterin atravieso todo el depto. y llego a la ventana de la cocina, la que da al patio y la que, si todos mis cálculos van bien, me conecta con el vecino de planta baja. Saco casi medio cuerpo por la ventana, haciendo palanca con los brazos para no irme de cabeza, veo que abajo está la ventana abierta, me recupero, arranco una hoja de delivery que hay en la heladera, escribo con un marcador grueso “¿tenés un gatite?”, remarcando varias veces la palabra “gatite” para que llame más la atención, para que sepa que es realmente importante y así, en inclusivo, qué deconstruida, otro nivel, me carga Milagros que se seca el pelo haciendo fricción con una toalla al lado de la mesa, cerca mío. Hago un avioncito en origami y lo tiro en dirección a la ventana del vecino. La ventana ahora está cerrada pero si tengo suerte el avión tiene que hacer ruido en el vidrio y despertar la curiosidad del humano habitante.



Caterina Calcagno.