• Tomás Schuliaquer

LO QUE DURA UN SEGUNDO

Se encuentra disponible el audiocuento en el IGTV de Cachengue Magazine, @cachengue.mag.

Fotografía: Agustina Minteguía

I



Hoy me enteré de algo que me puede cambiar la vida: Pilar se muda. Fue una situación cómica porque hacía tiempo no nos veíamos las caras. Yo salía del ascensor con la bicicleta y eso siempre es un poco incómodo. El ascensor mide uno por uno y para meter la bicicleta tengo que hacer una maniobra delicada. Agarro el manubrio con las dos manos y la levanto, la bicicleta queda parada delante mío y es como andar en el aire o cargar una carreta. Primero inclino la bicicleta hasta que choca con el espejo, y eso es algo que me pone nervioso porque es un riesgo, cada vez que subo al ascensor pienso: hoy voy a romper el espejo y me lo van a cobrar en las expensas. Y también pienso: de dónde voy a sacar la plata, qué gastos voy a tener que recortar para poder afrontar el pago del espejo. La rueda choca y ahí doblo el manubrio para un lado y queda un hueco, y yo entonces entro atrapado entre la puerta del ascensor y la bicicleta. Siento que se me acaba el aire y por eso cuento los segundos. Algo que me enseñó la bicicleta es a contar los segundos. Antes, contaba los pisos y esa era mi forma de medir el tiempo adentro de un ascensor: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Ahora, en cambio, cuento los segundos: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Aprendí que de un piso al otro el ascensor, al menos el de mi edificio, tarda casi dos segundos. Igual hay veces que tarda ocho o nueve, y no entiendo si es que tiene diferentes velocidades o si es que en realidad yo a veces, por algún motivo, cuento más rápido. En realidad sé que no es un tema de la velocidad del ascensor porque es difícil medir en el aire lo que dura un segundo.


Salía, transpirado, del ascensor, caminaba para atrás con la bicicleta y cuando giré para ir al mono ambiente estaba Pilar. Nos chocamos el puño y nos dijimos hola. Yo transpiraba, y me acuerdo de una, dos, tres, cuatro gotas de transpiración marcadas en la remera gris. No supe qué decir hasta que ella habló: el sábado me mudo. Pilar me dijo eso y yo me quedé en silencio. Primero pensé qué triste. Segundo pensé a veces los cambios son necesarios. Tercero pensé esto amerita que lo piense bien así que mejor lo voy a pensar en un rato.


Entonces dije qué bueno y le pregunté a dónde. Ella me dijo que estaba apurada, y antes de que se cierre la puerta dijo una frase reveladora: si sabés de alguien que esté buscando, decime. Pilar quedó del lado de adentro del ascensor y yo caminé hasta mi monoambiente, torpe como pude entré, apoyé la bicicleta contra el armario y vi la cama deshecha, la montaña de ropa sobre la silla, tres barbijos tirados en el piso, la mesa con la computadora abierta, apagada, unas boletas de pago acumulados al lado del mate con yerba vieja y el balcón, al fondo, lleno de macetas sin plantas. La imagen me sorprendió y pensé que era el momento de hacer algo con todo esto: decidí que iba sentarme con la información nueva a analizar las alternativas que se abrían, a planificar cómo iba a ser mi futuro y qué iba a pasar con todos los cambios que iban a venir.



II



Me siento en la computadora y escribo algunas consecuencias del abandono de Pilar. Primero, es el final de una etapa. Desde que yo me mudé, es mi vecina. Es mi segundo contrato de alquiler y nunca tuve otra vecina que no fuera ella. Esto va a ser un cambio grande. Segundo, me angustia la idea de imaginar que puedo convertirme en esas personas con vecinos problemáticos. Pienso en Lucas, que tuvo que mudarse porque el vecino le tocaba el timbre a las dos de la mañana para quejarse por el ruido hasta que un día le tiró un televisor viejo hacia el patio y casi lo mata. Tercero, anoto lo que significa la posibilidad de recomendar a alguien que pueda alquilar. Tengo que averiguar el motivo de la mudanza porque Pilar es dueña, quizás lo vendió o quizás solo se va a vivir otro lado y quiere alquilarlo, tal vez se muda con una amiga o quiere algo más grande para ella sola. Si todavía es dueña, sería bueno recomendar alguien, un inquilino copado. Pienso que Lucas ya tiene casa, vive con su pareja, tienen hijos: este no es el lugar para ellos. Entonces pienso en Lucía. El otro día nos quedamos hablando en el zoom después de una reunión de trabajo y me contó que tenía que renovar contrato y el dueño de su departamento le había dicho que iba a aumentar el cien por ciento, los precios estaban desactualizados. Lucía me contó que el dueño le dijo: tenemos que actualizarnos. Me acuerdo que le dije qué garrón, y ella me pidió que si sabía de algo le avise: si sabés de algo, teneme presente, me pidió. Y yo le dije: obvio, lo voy a tener en el radar. Creo que por eso pienso en Lucía. La posibilidad de ofrecerle una solución para su problema habitacional me hace sentir poderoso. Lo mejor es primero hablar con Pilar. Antes tenía su whatsapp pero en algún momento cambió el número, algo así, y nunca más hablamos. Entonces le voy a ir a tocar la puerta y le voy a decir que tengo alguien que quiere mudarse. Le voy a decir: Pilar, tengo alguien para tu departamento. Pero antes voy a hablar con Lucía. Quizás llegó a un arreglo, o lo solucionó, y no tiene sentido mentirle a Pilar.

Le mando un whatsapp a Lucía, le pregunto cómo viene con el tema del alquiler y le cuento que mi vecina se muda y deja libre el departamento. Después pienso en las duchas con Pilar: la pared de mi monoambiente da a su baño y siempre la escucho cantar. Al principio me resultaba incómodo. Pilar canta muy bien, de hecho creo que es cantante, y no era la calidad de su arte lo que me incomodaba. El problema era sentirme parte de su propia intimidad. Pero hace un tiempo, una noche que va a quedar marcada para siempre en mi cuerpo, yo comía arroz con queso con la televisión prendida y de la nada escuché la voz de ella. Cantaba en inglés, suele cantar en inglés. Y cuando empezó ya sabía que mi cena, entonces, iba a estar acompañada. Un plato de arroz lo suelo comer en alrededor de doscientos cincuenta segundos y Pilar canta, por cada baño, al menos dos canciones. Si hubiera tenido postre, ella todavía hubiera estado cantando. Siempre que Pilar cantaba yo subía el volumen de la televisión para dejar de escucharla. Pero esa noche, que de solo recordar me pone la piel de gallina, tuve una revelación: me di cuenta que quizás ella también escuchaba lo que pasaba de este lado y eso era todavía más problemático porque yo quería pasar desapercibido. Entonces decidí otra cosa: apagué todo y me dediqué a escucharla. Fue extraño. Ella cantaba cosas que no conocía, no entendía la letra ni el ritmo, todo sonaba como si viniera de adentro de un tubo o mejor, como si cantara abajo del agua, del mar, de un océano, pero igual sentí una familiaridad absoluta con esa canción, como si supiera de qué se trataba. Me puse a cantar, bajo, para que ella no me escuche, y en un océano inmenso yo igual me sentía en casa y feliz, acompañado. Desde entonces cada vez que entra al baño, yo apago todo y me dedico a escucharla, en realidad es como si nos ducháramos juntos y cantáramos una canción que solo nosotros dos conocemos. Creo que esas son las cosas que voy a extrañar, nuestra forma de ducharnos, de convivir. Me angustia pensar en todo esto y creo que Lucía no es la respuesta. No quiero llenar el vacío con otra persona, no es justo para Pilar, para Lucía y tampoco es justo para mí. Y para decir toda la verdad, no quiero ducharme con Lucía. Tampoco quiero saber qué hace ni qué deja de hacer. Y menos todavía quiero que ella se entere de las gente que viene o no viene a casa. Pienso que los cambios son buenos, pero sobre todo los cambios que no decidimos. La ida de Pilar me angustia pero yo no la decido. La llegada de Lucía sí. Entonces agarro el celular, miro el whatsapp y Lucía me respondió que soy un genio, mil gracias y que le viene perfecto porque la están echando del departamento y no tiene donde caerse muerta, que le pase el número de Pilar. Leo esto y muevo la nariz haciendo chiquito que no una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Y después hago chiquito que sí una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Cierro la computadora, tiro el celular en la cama y apago la luz. Necesito pensar en todo esto, tengo que poder imaginar cómo va a ser el futuro sin PIlar y con Lucía para poder hacer un mundo más habitable.



III



Hace más de un año que no veo a Lucía en persona y la verdad que tampoco tengo muchas ganas. Es con quien mejor me llevo en el trabajo pero así y todo no deja de ser eso: una persona del trabajo. Creo que con Pilar llegamos a un grado de intimidad que no tuve con nadie desde que cortamos con Clara, y eso con Lucía puede ser un problema. La imagino con el oído pegado a la pared del baño para escuchar las cosas que hago y me incomoda. También la imagino en la ducha y no me dan ganas de cantar con ella. Eso es algo que teníamos con Pilar y, estoy convencido, tengo que aceptar perderlo. Me gustaría que Pilar se quede un tiempo más, estos días no voy a salir de casa para no faltar a ninguno de sus baños. Voy a estar bien atento, acá, en mi monoambiente, a todos los ruidos que haya en el suyo. Necesito atención para no perder la posibilidad de exprimir al máximo nuestros encuentros en la ducha. Entonces agarro una bolsa de supermercado y salgo, casi sin pensarlo, a veces está bien hacer cosas de manera impulsiva. Camino acelerado al chino, agarro fideos, arroz, un bidón de agua, unas latas de arvejas, de atún, de jardinera, y también unos rollos de papel higiénico. Con eso voy a estar bien un par de días.


Antes de entrar a mi monoambiente miro por abajo de la puerta del de ella a ver si hay alguna luz prendida, pero es de día y no se nota. Pego la oreja a la puerta y escucho algunos ruidos. Igual no me ilusiono: puede ser el gato. Entonces me encierro y pienso en por qué se irá de casa, en por qué nos deja. Se me ocurre que se cansó de mí. Tal vez le molesta que mire la televisión hasta tarde, que esté sentado con la luz prendida durante horas de la noche con el volumen alto y cada tanto grite por las cosas que pasan ahí. Quizás se enojó por el balcón. Hace dos meses me obsesioné con poner hermoso el balcón y para empezar fui al vivero y quise comprar plantas, macetas y tierra. No podía con todo y lo primero que hice fue llevarme veinticinco kilos de tierra. Dejé esa tierra en el balcón y volví al vivero y compré macetas de plástico marrones vacías. Compré diez porque era la cantidad perfecta para el balcón y el tipo del vivero me recomendó que llevara un poco más de tierra y entonces traje otra bolsa de ocho kilos. Después se me hizo tarde y ese día no pude volver a comprar. Al otro día me olvidé y desde entonces mi balcón, que mide tres baldosas por cuatro, está lleno de macetas con tierra. Me gusta pensar que es un compost y por eso ahí tiro las tucas, yerba, cáscaras de fruta, paquetes de arroz vacíos.


Salgo al balcón y está bastante sucio todo, hay muchos mosquitos, hormigas y un olor fuerte que no logro identificar a qué es pero parece jugo de limón podrido. El balcón de Pilar está limpio, hay varias plantas con flores rojas, blancas, violetas, y dos sillas bajas turquesa con una mesa de cerámica gris. Miro hacia adentro de su monoambiente y ella lo tiene limpio, muy limpio, casi vacío. Me doy cuenta de que ya está lista para mudarse, hay cajas de cartón al lado del ventanal. Es un baño de realidad que me abruma. La imagen de las cajas de cartón me genera claustrofobia, como cuando estoy en el ascensor con la bicicleta. Cuento uno, dos, tres, cuatro, cinco. Hago círculos chiquitos con la nariz para un lado y para el otro, una, dos, tres veces. Tomo una decisión: voy a hablarle a Pilar. Para pensar en mi futuro necesito certezas sobre lo que pasó. Si Lucía viene a vivir acá, es necesario poder saber las cosas que Pilar no soporta de mí para no repetirlas. Necesito una reunión muy seria con Pilar, dejarnos de vueltas y poder decirnos toda la verdad. Necesito que ella me cuente por qué se va, a dónde se va, qué quiere hacer con el departamento. Tenemos que hablar para que ella me diga si le gustó convivir conmigo, si ella disfrutaba las duchas tanto como yo, si le molestaba mi forma de vivir, qué opina de mi balcón, si le jodía el volumen de la televisión o la bicicleta en el ascensor. Anoto todas estas cosas para poder hablarlas. Es un cambio grande en mi vida y solo si reviso con profundidad todo lo que hice puedo pensar en un futuro feliz con Lucía. Para la vida hermosa que quiero construir, tengo que hundirme con detenimiento en todas las cosas que no funcionaron este tiempo. Nadie, nunca, construye desde la nada.