• Eugenia Streb

PORQUE PUEDO Y NADIE LO ESPERA


Fotografía: Facundo Donini.

En una época tenía miedo de quedar en la calle, dormir en un escalón y comer de la generosidad de otros, hoy me pregunto de dónde saqué esa idea tan extrema.


En cuarto grado vivíamos en Baltimore, las mesas del aula estaban organizadas en filas. A mi izquierda se sentaba un gordito blanco azul de pelos rubiones, muchos pelos rubiones. Las ojeras azules me impresionaban muchísimo, me parecía enfermo. A mi derecha se sentaba una negra, toda su cabellera se resolvía en infinitas trencitas que tomaban múltiples direcciones. Recuerdo estar los tres con los brazos sobre las mesas, los brazos blanco azules de él, los brazos blanco oliva míos y los brazos negros. Fue la única vez en mi vida que viví esta interracialidad codo a codo.


Me llevó un tiempo entender esta distinción marcada desde la clase media alta, porque en Argentina no existía la interracialidad que en Estados Unidos era parte de la vida. Blancos y “cabecitas negras”. Blancos y pueblos originarios. Claro que la aristocracia se fue cruzando con indias, así es que hay mucho morochazo en el Barrio Norte.


Tengo una amiga que es quinta generación argentina, antepasados que vinieron de Dinamarca. Siempre que puede, habla de ellos y cómo son de modernos y civilizados. La miro con la boca abierta:

¿Qué tiene que ver el culo con el invierno?

¿Qué tiene que ver la escultura con tu resfrio?

¿Qué tienen que ver mis canas con mis deseos?

¿Qué tiene que ver la humedad con el sueño de mi perra?

¿Qué tiene que ver la rabieta de la vecinita con mi hambre?

¿Qué tienen que ver tus rencores con el gobierno?

¿Qué tiene que ver el calor con la inflación?

¿Qué tiene que ver la locura de la gente con lo que hay que hacer?

Quizás todo tenga una respuesta si la busco seriamente. Quizás realmente todo tiene que ver con todo o con una parte del todo que se modifica. Nunca lo sabré a ciencia cierta porque tal cosa como ciencia cierta, no estoy segura de que exista.


Siempre pienso en que todo es un fino tejido invisible que no entendemos su interacción pero que el caos, lo fortuito, lo aleatorio se filtra y cambia el sentido y la dirección de las cosas que suceden y que hacemos. A veces con resultados positivos inesperados y otras con negativos devastadores, por eso durante muchos años presté mucha atención a la energía que ponía en mi hacer, para tratar de garantizar que sucediera lo esperado en la mayor medida posible. El Caos siempre está allí al acecho, nos engañamos creando un orden pensando que podremos contener mucho y evitar lo indeseable, pero no está en nuestro territorio controlar o evitar lo fortuito.


Mi madre fue una maestra del orden, tan estricta y estoica nos salvó de la locura a la que nos sometió mi adorado padre. La necesidad de ordenar y entender un mundo caótico, cambiante e imprevisible es una necesidad humana. Las formas por sí solas en algunos contextos son salvavidas.


Los abuelos vinieron sin nada seguro e hicieron todo lo que construyeron. Superaron barreras idiomáticas, idiosincrasias tan distintas...Tratar de entender tristezas familiares como cuestiones psicológicas de interrelación, a veces me quedo corta.


Ideas locas como tomarse sola un taxi tarde noche, que pare en una barrera y matar al chofer. ¿Por qué? Porque sí, porque puedo y no lo espera. Pero no lo hago. Todos los días cuando paso por el bar de la otra cuadra, me gustan las sillas que tienen en la vereda, pienso en pasar, agarrar una y salir corriendo. ¿Por qué? Porque sí, porque puedo y nadie lo espera. Pero no lo hago.


Creo en el amor que exige tanto, es lo más nombrado pero menos practicado por su incomprensible complejidad. Creo en el poder oculto de las estampitas de santos, escapularios que me regalan impunemente por la calle. Me da miedo tirarlos por temor a una desgracia oculta, como si estos elementos tuvieran un poder extorsivo para seguir dando vueltas por mis espacios íntimos, en el fondo de un cajón, en la guantera del auto, en un estante de la biblioteca apenas asomando. Creo en la energía volcada en las ofrendas a Yemanjá u otros dioses, santos paganos.


Creo en la numerología: nací el 7 de enero de 1961 y la suma de estos números dan 7. Número con carga mística, número primo, número solitario.


Creo en la libertad interior, como un mimo suave y sanador. La mente se libera de todo lo que necesita liberarse para ser entender algo.