• Caterina Calcagno y Florentina Gajate

ROSARIO SIEMPRE ESTÁ CERCA

CARTA EDITORIAL, JULIO 2021


Escribe Caterina Calcagno. Ilustra Florentina Gajate


Suave y espeso el aire del mar, así lo sintió Natalí la mañana que pisó la playa después de muchos años de evitar hacerlo. Los orificios nasales le picaron a causa de la sal que polulaba en el ambiente y que la hizo estornudar tantas veces, casi logrando que pegue la vuelta incluso sin empezar a hacer lo que sea que había ido a hacer. Antes de bajar la rampa que conducía a la arena, se sacó las chanclas verdes y se puso un pañuelo en la cabeza, así recordaba que la preparaba su madre para bajar al balneario y le pareció correcto continuar con ese ritual, aunque ya era una chica grande, aunque su madre no estuviese ahí para corregirla.


Natalí nació en Mar del Plata, a los ochos años, después del divorcio, con su madre se mudó a Rosario. Con su padre no volvería a tener contacto hasta los veinte, cuando algunas situaciones le hicieron replantearse el vínculo, o la falta de él: no quiso pensar en malos términos las decisiones de la madre, pero el fin de la adolescencia venía con el fin de los progenitores como héroes absolutos e indiscutidos. Del paradero de su padre había escuchado distintas versiones: que se había ido del país después de estafar a media Mar del Plata entregando cheques sin fondo, que tenía otra familia en Uruguay, que una depresión lo había llevado a convertirse al budismo e instalarse en India pero nadie lo sabía con exactitud, simplemente había desaparecido. No sentía afecto pero tampoco tenía remordimientos, Juego de gemelas la hizo creer que entendía la idiosincrasia adulta.

Cuando cumplió veinte pensó que el cambio de década era una buena excusa para indagar, el dos delante de los dos dígitos que componen la edad del ser humano la hizo sentir adulta y capaz. Le preguntó a un amigo si la acompañaba a Mar del Plata, estaba acostumbrada a viajar sola, en los últimos dos años había viajado a un montón de lugares sola o con compañías efímeras: al Sur y al Norte de Argentina sola, a Panamá con una amiga con menos de un mes de antigüedad, a Sudáfrica, en lo que había sido su experiencia mas exotica, con Matías, el amigo al que ahora le pedía que la acompañara a la ciudad que la había acunado hasta los ocho años. Hacía doce años que no pisaba La Feliz y tenía miedo de perderse. Perderse en el sentido más amplio de la palabra, entendía Matías, una persona como Natalí que había viajado al continente más exotico del planeta sin mostrar un mínimo de temor, no tenía miedo a perderse más que que en la excavación de un sentimiento de no pertenencia con la ciudad que en el documento de identidad figuraba como su ciudad pero de la que conservaba pocos recuerdos y casi nada de cariño.


Matías no tuvo ningún problema en aceptar ser su acompañante, le parecía divertido pero sobre todo una muestra de la confianza fraternal que se tenían entre ellos. Acompañando sin preguntar más que lo justo, él daba su muestra de lealtad. Aunque nunca lo había comentado con nadie ni lo había pensado en profundidad, sabía que era algo que tarde o temprano le iba a pedir, más de una vez su madre charlaba con la madre de Natalí, casi sin reparo, de la situación identitaria. Además, la conocía mejor que nadie, se hicieron amigos apenas ella llegó a Rosario en 2005, en el medio de la crisis de narcotráfico más grande que había enfrentado la ciudad, él le había explicado todo: no es una ciudad fácil pero si te haces local es un gol, le decía hasta el cansancio, incluso cuando todavía no eran amigos, incluso antes de saber que serían inseparables. Natalí supo gracias a Matías dónde tenía que comprar, qué barrios eran los mejores pero especialmente cuáles nunca -a esto él se lo remarcó y se lo anotó en un papel- debía visitar, qué compañeros de colegio tenían familiares implicados en el negocio millonario del narcotráfico, cuáles habían perdido algún familiar en la guerrilla interna rosarina. También le explicó que a esos chicos no se los juzga, que son chicos igual que ellos, que nadie elige su destino. Los hijos de los narcos tratan de aferrarse a su vida normal lo más fuerte y durante el mayor tiempo posible pero generalmente es cuestión de años, sobre todo los varones, terminan en el negocio familiar. Somos sus amigos hasta que en un momento no los vemos más, dejan de venir al colegio porque tienen profesoras que van a sus casas o porque se tienen que refugiar en otro país. Esto, años después le resonaría a Natalí, si se decía que su padre se había ido del país ¿era narco? ¿por qué nadie le había dicho? Matías no le decía que también cabía la posibilidad de que a esos chicos los mataran, una posibilidad no tan remota como a él le hubiera gustado pero mejor no asustarla, pensó que ya habría tiempo para contar eso, que lo principal era que ella, como mujer y nueva habitante, aprendiera a cuidarse.


Iban a un colegio católico de doble jornada, siempre que el clima lo permitía almorzaban en el parque y ocupaban la hora entre clase y clase charlando, haciendo amigos de otros cursos e incluso de otros colegios. Natalí sentía que él le había hecho recuperar esos nueve años que ella había pasado en otra ciudad y que hasta le había dado una familia. Cómplices, mentían y se juraban primos, ahora que ya habían pasado muchos años del desembarco de ella a la ciudad santafesina, nadie sospechaba. Ellos estallaban de risa cuando la mentira escalaba tanto que hasta se señalaban en fotos de la infancia, en sus perfiles en instagram había fotos de chiquitos colgadas en las que se etiquetaban mutuamente. Sus madres se habían sumado a la mentira espontáneamente, después de todo, los chicos hasta se parecían: rubiecitos y delgados, medio achinados. A pesar del parecido incuestionable, Natalí pensaba que Matías se desenvolvía como alguien muy mayor a ella, le gustaba escucharlo hablar, sentía que sabía tanto y lo que más quería era poder hablar así de la ciudad, hacerla suya y tal vez en unos años, con el éxodo que recibe una ciudad universitaria como Rosario, llegaría un compañero de curso de otro lado y, así, ella ser el Matías de alguien más.