• Ma. Catalina Jiménez

SLOW LIVING

EL DERECHO A ESTABLECER NUESTROS TIEMPOS

Hemos perdido el hábito de simplemente ser, contemplar lo que nos rodea, sintonizar nuestra respiración con la del aire que nos envuelve. ¿Cuándo fue la última vez que se sentaron en el banco de una plaza a ver la gente pasar o se tomaron un café sin que su mano se fuera automáticamente hacia su celular? Hasta en el sexo hemos perdido la capacidad de la espera. Ni siquiera en lo que respecta a nuestra intimidad y placer nos permitimos olvidarnos del reloj, de la rapidez, del tener que acabar rápido como si fuera una carrera

Ilustración por Victoria Díaz Altillo @timesofthebutterflies

Pienso en cómo construir algo sostenible: un vínculo, un proyecto laboral, un lugar al que llamar hogar. En todos los casos necesito lo mismo: tiempo. Tiempo y paciencia. Pero ¿cómo lograrlo en una sociedad que nos acelera el ritmo a cada paso que damos? Estamos constantemente estimulados por pantallas, sonidos, colores, luces e incluso, cuando por fin tenemos un momento de paz, nuestra mirada busca algo que nos ahorre la difícil tarea de pensar.


Hemos perdido el hábito de simplemente ser, contemplar lo que nos rodea, sintonizar nuestra respiración con la del aire que nos envuelve. ¿Cuándo fue la última vez que se sentaron en el banco de una plaza a ver la gente pasar o se tomaron un café sin que su mano se fuera automáticamente hacia su celular? Hasta en el sexo hemos perdido la capacidad de la espera. Como dice la Licenciada Cecilia Ce, “Medimos el sexo. Y lo medimos con el tiempo”. Ni siquiera en lo que respecta a nuestra intimidad y placer nos permitimos olvidarnos del reloj, de la rapidez, del tener que acabar rápido como si fuera una carrera (y ni siquiera voy a entrar en el tema de no acabar porque ese es otro artículo).

Por suerte, en medio de esta crisis, hay, como dice Carl Honoré, autor del libro Elogio a la lentitud, rebeldes que “hacen lo impensable: crear espacio para la lentitud”. Uno de esos rebeldes es Carlo Petrini, que en 1980 creó el slow food. Este movimiento defiende las tradiciones regionales, la buena alimentación, el placer gastronómico y el ritmo de vida lento.


También existe el slow travel. Un viajar consciente que tiene que ver con la experiencia en sí y no con tachar ítems de una lista de lugares que sí o sí tenemos que conocer. Como dice Aniko Villalba, escritora y viajera del mundo, “viajar no tiene tanto que ver con trasladar el cuerpo a otras latitudes, sino con cambiar la mirada, con prestarle atención a lo que tenemos enfrente”.


En la suma de todas estas tendencias surge el slow living, un vivir lento que abarca tanto la comida, como los viajes, el trabajo y el placer. Todos los aspectos atravesados por la bandera de la presencia. Como dice Aniko Villalba, es cuestión de cambiar la mirada, prestar atención, entender, finalmente, que el secreto está en los detalles, que todas esas imágenes bonitas y luces que parpadean en la pantalla de nuestro celular no son la respuesta a nuestras necesidades.


En una sociedad que nos incita a la toma de decisiones rápidas, nuestra forma de consumir no siempre es la mejor, ni para nosotros ni para el ambiente en el que vivimos. “Tentados y encandilados a cada momento, tratamos de amontonar tanto consumo y tantas experiencias como nos sea posible”, dice Carl Honoré. Así apilamos ropa, comida, tecnología y todo el envoltorio brillante que los envuelve en lugar de detenernos a pensar si realmente necesitamos eso o solo estamos llenando un vacío. Un vacío que quizás logremos habitar solo a través de la conexión; pero no 4G, sino una conexión que necesita miradas, voces, manos, risas. La conexión que sentimos cuando nos juntamos con amigues, o cuando acariciamos a nuestra mascota. La conexión que sentimos cuando cocinamos para alguien o damos el primer bocado a algo que alguien más cocinó para nosotros.


Como dice Carlo Petrini, “ser lento significa que uno controla los ritmos de su vida y decide qué celeridad conviene en un determinado contexto. Si hoy quiero ir rápido, voy rápido; si mañana quiero ir lentamente, voy lentamente. Luchamos por el derecho a establecer nuestros propios tiempos”. El slow living implica detenernos y hacernos cargo. Preguntarnos realmente qué queremos, qué necesitamos, quiénes queremos ser. Y luego avanzar despacio, construyendo día a día un futuro sostenible para nosotros y el ambiente, en el que seamos nosotros quienes tomemos las decisiones y no la velocidad del sistema en el que vivimos.