• Tomás Schuliaquer

TODO TIENE UN SENTIDO

I. El pago

Ilustración: Martín Salvucci

Es el primer día del mes, tengo franco en la ortopedia y ninguna excusa para inventarle a Sol. Está nublado y hay viento. Huelo a comida, pero no logro identificar qué es ni de dónde sale, pienso en vómitos naranjas con una carne extraña podrida. Aparece la F enorme de mi club de la infancia. Cuando éramos chicos acá hacíamos voley con mi hermano, ahora vengo a natación. “Aqua gym”, según Sol. Andá a cagar.


Me paro frente a la puerta vidriada del gimnasio. Hay una rampa y seis escalones. Dudo, tardo. Cierro los ojos y entro. Voy al mostrador: quiero hacer natación. Si me pregunta cómo nado me voy a la mierda de una. Él me da un papel sin mirarme. Acá están los precios. No veo las clases y le pregunto. Qué horario hay de clases. Él sonríe, se ríe de mí el forro. Pensé que hacías pileta libre, dice. Yo pensé que vos eras feliz, laburás de recepcionista en un gimnasio, quién garcha sos pastillero de mierda. Yo en una ortopedia, ya sé. Pero él no. Martes a las 19, justo el horario que me cierra. La única ilusión es que no acepten tarjeta. Se puede pagar con débito. Sí. Mirá que es maestro. También aceptamos. Aclaro que no tengo dni, pero a él no le importa. Me pide la tarjeta. Firmo, me llevo una fotocopia con los horarios y niveles.


No hay vuelta atrás, voy a arrancar natación, le mando por WhatsApp a Sol. Ella me manda un ícono de una vieja y un corazón. Agrega vamooooo Meolanssssss.



II. Cyborg

Ilustración: Martín Salvucci

Sol me dijo que desde que tomo clases de natación estoy distinto. Desde que vas a pileta estás distinto, algo así. Le pregunté si era malo estar distinto y no me respondió, o no la escuché porque corrí. Llegaba tarde a la clase y no quería perderme ni un minuto. Me molesta llegar justo, ponerme la malla y el gorro y las ojotas, sacar la toalla y sentir que todo es apurado, que no llego, que me pierdo de ver al profe. Él es hermoso, lo admiro. Pero no como a un cliente que viene en andador a comprar una cadera nueva. Más bien como se admira a un actor o una actriz muy famosa, como se admira una diva.


El otro día soñé algo que me perturbó: estaba con mi hermano, jugábamos como hacíamos de chicos a ver quién era más alto, espalda con espalda, ganaba yo obvio porque era más alto, y de repente nos llenábamos de pelos enrulados pero metálicos, tipo virulana, y frotaba y frotaba y yo sangraba, sobre todo sangraba en las piernas, en la espalda, y él se daba vuelta y era el profe, y nos mirábamos y me decía que me amaba y yo le daba un beso y entonces él volvía a ser mi hermano. Me desperté y estaba Sol al lado. Algo raro debo haber hecho porque ahí me empujó con bronca y yo caí de la cama. Ella no sabe lo que pasa en la ortopedia: a veces llegan rodillas humanas de verdad, carnosas. Modelos que después pinto, hago moldes con arcilla para hacer una rodilla de plástico, aunque casi no se venden porque ahora es todo biónico. Ensambles que se hacen en China, Bangladesh, Sudáfrica, esos países raros. Me gusta fantasear que tomo de modelo la pierna morocha del profe. Pienso que cada vez que se ducha o se va a dormir, guarda esas piernas morochas peludas. Me encanta pensar en su cuerpo como un cyborg con mis piernas, su cuerpo tan perfecto como si hubiera sido armado por mí. Desde que vas a pileta estás distinto, me dijo Sol cuando le conté estas cosas. Qué tiene de malo estar distinto, corro, corro, quiero ver al profe cuando se cambia. Nunca entra al vestuario. Debe tener uno solo para él. Un camarín hermoso con fotos de Luciana Salazar, Flor de la V o Jimena Barón. Yo quisiera un camarín con una foto suya enorme. Un mural de sus piernas con relieve, un collage con pelos.



III. Un lugar respirable

Ilustración: Martín Salvucci

En la ortopedia hice una pierna con unos metales y plásticos que sobraron, Claudia casi me descubre de nuevo. El otro día me insultó y me advirtió: una más y te echo, vos sos vendedor, no inventes cosas raras. Ja, como si ella supiera lo que es raro. Como si supieras lo que es raro le dije a Sol. Ella me aclaró que no había nada raro, era un asado con sus amigas. Dije que iba pero que llegaba un poco tarde porque tenía pileta y me dijo que ya debo tener tres pulmones y que por qué no se me marca la espalda, qué raro. Ja, como si ella supiera. No le voy a contar que la semana pasada falté a pileta porque internaron a mi hermano y que sentí que me faltaba el aire. Pienso que soy un poco anfibio o como se diga, pero me cuesta menos respirar adentro de la pileta que afuera. Cuando estoy en casa con Sol, toso sin parar. Ella dice que soy alérgico a los gatos que traje, que antes no me pasaba. Le digo que puede ser. Pero la verdad es que no, porque entonces debería toser también en la pileta: en el club hay dos gatos. Al profe un día le pregunté por qué había gatos y me dijo que para que se comieran las ratas. Me hizo reír mucho y decidí que yo también iba a tener gatos, las ratas no son lindas. Sos alérgico a los gatos, dice Sol. Puede ser.


En el vestuario del club cada día me cuesta más encontrar llaves para el locker y por eso me robé una. La 47, hermoso número, me gusta imaginar que es la edad del profe. Ahí guardo mi bolso con las antiparras, la gorra, las ojotas, las cosas de la ortopedia. Traje una pierna de metal y plástico que hice, unos tornillos para la rodilla y una faja para la espalda. Llevátela de acá, una más y te echo, me dice Claudia. Los voy a llevar al club, me voy a armar mi propio taller en un rincón escondido del vestuario, me quedo mirando fijo al profe con su malla azul apretada, las piernas morochas peludas perfectas, el silbato colgado al pecho. Hace sonar el silbato y yo me imagino que es una locomotora, nos subimos a un tren que anda abajo del agua y nos lleva a una isla, un país inventado, un pueblo. Un lugar respirable.



IV. La separación

Ilustración: Martín Salvucci

Desde que Sol se fue estoy mucho más libre, veo todo más claro. Entiendo que para que mi hermano se recupere tengo que ponerme bien con mi vida, tengo que conectar con mis cosas así él reconecta con sus órganos. Va a estar bien. Así que ahora llevo a casa todos los gatos que quiero y paso horas y horas en el club sin tener que explicarle nada a nadie. O sí, a Claudia, que la otra vez me aclaró que me iba a echar porque iba poco y tenía mucho olor a pis de gato. Eso porque no viniste a mi casa, pensé, pero no lo dije. Soy una persona ubicada, con filtro. El otro día hablé mucho con el profe sobre los filtros de agua. Yo le preguntaba y él me respondía. Casi siempre decía no sé, que eso tendría que hablarlo con un piletero, y yo igual le preguntaba, para sacar charla y porque me encanta cómo dice la palabra piletero. Es una palabra linda. Sobre todo cuando la dice él. Le conté que tenía muchos gatos y le pregunté cuántos tenía él. Me contestó que ninguno. Cómo que ninguno. No me gustan los gatos. Me habías dicho que te gustaban porque se comían las ratas. Yo no dije eso. Pero en el club hay gatos. Acá sí, y es verdad que desde que están ya no hay ratas, pero no me gustan. Él siguió camino a dar la clase y yo abrí el locker y metí la cabeza adentro y me quedé ahí un poco oscuro.


Doy puñetazos a la puerta, me golpeo con todas estas cosas de mierda que me traje de la ortopedia. Pienso en los gatos. Qué carajo hacer con los gatos, como que ahora suena todo medio raro. Ya no sé cuántos tengo en casa, quince, veinte, treinta, todos con sus nombres anotados para que cuando el profe venga yo pueda presentarle uno por uno, así él jugaría con su preferido y lo podría llamar por su nombre. Gritan desde afuera qué pasa ahí. Hago silencio y me alejó un poco y veo el interior del locker, las piernas ortopédicas que ya armé, por si alguna vez le pasa algo al profe, no vaya a ser que haga un mal movimiento o tenga un accidente y se le salga un brazo, o una pierna, y no pueda volver a nadar. Con los brazos y piernas que le preparo me imagino incluso que podría volar. Je, qué locura. El profe vuela y yo lo sigo con la mirada. Hermoso volar, sentir el viento fuerte en la cara. Como un ventilador turbo pero en el aire y uno avanza a donde tiene ganas. Qué hermoso sería verlo volar, desde acá abajo, el profe fuertísimo ahí arriba.


V. El jardincito

Ilustración: Martín Salvucci

Hoy murió mi hermano. O quizás ayer. Lo bueno es que decidí qué hacer con los gatos, me tranquiliza pensar que todo tiene un sentido. Los guardo en bolsas de nylon trozados en cuatro con la cabeza aparte. Si al profe no le gustan, a mí tampoco. Todas las noches, cuando vuelvo de ver al profe en la pileta, saco un mazo de cartas. Cada gato tiene una carta. Tengo más cartas que gatos, así que hay días que ni siquiera hago nada. Pero otras veces, si sale una carta que me gusta, quizás saco otra y mato dos gatos. Ayer saqué la jota de trébol, era Meison, y después de salir al jardincito a buscarlo, me quedé con ganas de uno más. Entonces salió el tres de corazones, Anastasia. Primero metí a Meison en el tacho lleno de agua, lo cerré bien, con cinta, y cuando dejó de hacer ruido, porque los gatos, como yo, no saben nadar, lo saqué. Lo trocé, lo puse en una bolsa, y después hice lo mismo con Anastasia.


Sin Sol, la casa es distinta. Empezaron a pasar cosas raras desde que se fue, como lo de las piezas de rompecabezas. Caen y caen piezas de rompecabezas en el jardincito y eso me da un poco de miedo. No entiendo de donde salen. Si es el profe que vuela por arriba y las tira, si es mi hermano que me quiere decir algo, si es Sol. Los gatos maúllan mucho, muy fuerte, y yo sé que es por las piezas. Salgo y es como una lluvia, cientas y cientas de piecitas que caen. Los gatos se ponen como locos y ahí es cuando pienso que quizás tenga que buscar un trabajo. Algo que me saque de la casa más allá del profe. Algo que no sea la pileta. Pero lo que hago es intentar dormir, que pase la noche, y al otro día salgo al jardincito y junto las piezas. Tengo una bolsa de nylon que uso solo para eso. Es difícil porque no sé cuál es el dibujo que forman todas juntas, pero un día de estos me voy a sentar, con tiempo, y lo voy a intentar armar.



VI. Profe hermano

Ilustración: Martín Salvucci

A veces siento la falta de Sol. Como que me falta algo acá, o alguien. O más bien siento que me faltan sus palabras. Extraño un poco que se preocupe por mí. Alguien que me diga lo que me decía ella. Eso me falta de Sol. Sus palabras. Su pará loco de mierda, hablá conmigo, no te encierres, por qué no hablás con tus amigos, qué hacés con tantos gatos, pará de andar en muletas enfermo, no ves que no tenés nada, fanático de cosas raras, te volviste loco, antes no eras así, qué mierda estás haciendo, qué hacés con esas piernas de plástico loco de mierda, pará de traer gatos qué garcha te pasa, hablá conmigo, hablá con tu hermano, te volviste loco, asesino de gatos, quién carajo es el profe, pará de hacer cosas raras con las prótesis, metete esa pata de palo en el orto, loco de mierda, pará. Esas cosas. Como que un poco siento que me hacía bien su claridad. Me bajaba a tierra.


Me queda el último gato, el único que no tiene nombre. Me resistí a nombrarlo por eso que dicen que te podés encariñar. Pero nos miramos y maulló. Y ahí fue que me salió decirle profe hermano. Así se llama. Profe hermano. Ya sé lo que diría Sol. Sé que me diría no ves qué es hembra loco de mierda. Y yo me enojaría, iría a natación, pensaría en los gatos, en las cosas que no le conté, en mi hermano. Un poco todo lo que pasa ahora cuando maúlla acostado sobre las bolsas de nylon todavía abiertas y miro a Profe hermano y pienso cómo ahogarlo, cómo matar lo único que me hace bien.