• El misterio de lo inevitable, lado B.

VECINOS

Cecilia Paez Cruceli

Fotografía: Bianca Sifredi

Carmen,


Son las 11:30 a.m. y pronostican lluvia para los próximos tres días. Seguramente no me extrañes. Yo, a veces, a vos sí. Tampoco te extraño desde lo más profundo de mi ser, ni tengo una necesidad imperiosa de verte y abrazarte. Pero nuestra relación fue especial para mí.


El barrio nuevo me gusta mucho. Seguramente me dirás que en poco tiempo el encanto va a desdibujarse, que en Buenos Aires todo se parece a todo, que cada lugar, por más tranquilo que parezca, puede ser peligroso y que lo único que puede estar bien es mudarse al exterior. Lo que más extraño de vos es esa negatividad abundante que te sale de la mirada y se traslada a todos tus gestos. De vez en cuando me pregunto cómo puede alguien vivir sumergida tanto tiempo en la soledad y en el conflicto. ¿Cómo ese metro y medio lleno de canas blancas puede guardar tanta falta de empatía? Tal vez, esos seis años que compartimos edificio no me alcanzaron para descubrirte por completo. Sin embargo, cada molestia que me causaste se convirtió en una herramienta. Mi paciencia tiene un alto margen de maniobra. Me hiciste crecer.


Hoy a la mañana mientras hacía yoga en el parque que tengo a dos cuadras de mi nuevo departamento, crucé a mis vecinos. Ellos paseaban a su perro y me reconocieron porque levantaron el brazo en señal de saludo. Es una pareja amorosa de unos cuarenta y algo.


No voy a negar que estoy feliz de estar en otro lugar, con gente que parece agradable. Decidí escribirte esta carta porque me invadió la nostalgia. Carmen, llegué a quererte un poco. No sé si son tus arrugas, tu caminar lento o tu olor a incienso lo que me hace verte con cierta ternura. Ternura que se anula cuando recuerdo que me cerrabas el ascensor en la cara o que me llamabas por el portero eléctrico a las tres de la mañana para decirme que tu gata Julia se había pasado a mi balcón. También cuando me acuerdo de que tirabas por el aire los pájaros muertos que Julia cazaba y caían desplumados en mi ventana. No sos una vecina fácil. Todos me alertaron de vos: la del tercero B. La señora que escucha Mozart los domingos 7 am y la que nunca recibe visitas. La que sale con su bolsa de mandados los martes y jueves religiosamente a las 9 am.

Quiero que sepas que parte de tu rutina también la aprendí. Pude entender, por los días que nos cruzábamos en el pasillo, lo mucho que odiabas vivir donde vivías. Quiero que sepas que no solo me fui porque no soportaba que me golpearas la pared con el palo de escoba cuando estabas aburrida. Quiero que sepas que logré averiguar que sí tenes familia.


Sé que tu hijo mayor vive en Estados Unidos y no te visita hace años. Sé que tu hija Francisca vive en España, con ella pude intercambiar e-mails. Se alegró de saber de vos y se lamentó por haberse ido. Me dijo que no tiene planeado volver, pero no quiere que sigas viviendo sola a esta edad.


Para ser sincera, nunca imaginé que ese intercambio de e-mails iba a derivar en que efectivamente ella viniera. Cuando vi que te trasladaban con tus cd 's de música clásica y tus bolsas rayadas me entró un dolor enorme en el cuerpo.


Necesitaba escribirte, Carmen querida, para contarte que ya no vivo en ese edificio. Un poco porque quería cambiar de locación y otro poco porque vos ya no estás ahí.


Solo espero que te encuentres bien. Quién dice, ojalá dentro de poco, pasemos con Julia a visitarte.


Tu exvecina, Carla.